miércoles, 30 de abril de 2008


- ¿Cómo te llamas?
Preguntó temerosa al rechazo de aquel pálido joven que estaba sentado en uno de los bancos alrededor de la inhóspita plaza.
Hacía varias horas que había salido de su casa, y aún no pretendía volver cuando ya la noche se abalanzaba ante ellos, obscura e imponente con una menguante luna que apreciaba la escena desde lo alto, ajena a todo el sufrimiento y ajetreo de los días en la ciudad.
No era una noche en que el cielo se ve plasmado de estrellas luminosas cuando se aprecian como pequeñas gotas de un gran vaso de leche derramado, al contrarío, solo había un lucero y una diminuta estrella, que parecía muy distante.
El joven permaneció en silencio y la niña comenzó a observarlo. Tez pálida y ojos color miel, mucho mas alto que ella, no muy delgado, era una extraña mezcla perfecta o un esplendido equilibrio. Sus facciones un tanto femeninas llamaron su atención, nariz respingada, boca pequeña y ojos no demasiado expresivos daban vida a esa armónica figura. Era guapo, pero no ante los ojos de cualquiera.
-¿Eres un ángel?
Insistió con una voz cálida, pero demostrando algo de incertidumbre. A decir verdad solo había escuchado cosas de ángeles en la iglesia a la que era obligada a asistir por sus padres los días domingo cuando el sol no culminaba de aparecer entre las cumbres montañosas. Eran criaturas pequeñas, delgadas, con aspecto de niños alegres, pero lo que mas llamaba su atención es que tenían alas y como los pájaros, también podían volar. La mente de la pequeña no comprendía a cabalidad la existencia de estos seres, le costaba imaginarse que mientras caminaba por las calles podía toparse con uno de ellos.
Este muchacho no se parecía mucho a aquellos, muy por el contrario, de su espalda no salían dos alas y sobre su cabeza no había una aureola, pero había algo especial en él, algo por lo cual la niña se decidió a entablar una conversación a pesar de ser muy tímida y no gozar de popularidad entre los niños de su edad.
- ¿Un ángel? No mi pequeña amiga, y a mi juicio estoy muy lejos de serlo. Al menos eso me han dado a entender, digamos que soy diferente a los otros chicos y eso a algunos les molesta.
Respondió por fin con voz ronca, pero delicada y mirando con ternura a la niña que al oír sus palabras sintió como su corazón comenzaba a latir más fuerte.
- Bueno, eres tan lindo como los cuadros que hay en la casa de Jesús, mi madre dice que las personas son como los cuadros, que reflejan solo lo que quieren que los demás vean, ocultando sus defectos. Pero no creo que tú seas así.
Dijo ella provocando que el muchacho se ruborizara dando un color carmesí a sus mejillas.
Tal vez fuera un poco diferente, pero eso a ella le gustaba. Sentía algo raro en su interior, algo que jamás había sentido. Aquel joven le brindaba seguridad y protección, era algo así como cuando el amigo de su padre había sacado un conejo blanco de un antiguo sombrero, algo que no podía explicar, pero le fascinaba.
Por su cabeza pasaron muchas ideas, atropellándose unas a otras y por primera vez no supo que decir. En un incontrolable impulso se abalanzó sobre el y lo abrazó muy fuerte, en ese instante una lágrima rodó por su rostro y se quedó sin voz, sin aliento...
Tardó un momento en darse cuenta de que ya no necesitaba ninguna de esas cosas, por que él sabía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza, leía sus pensamientos, y también su corazón. Podía ver sus alegrías y sus temores, pero no la juzgaba ni se alejaba de ella.
Sin pensar en lo que hacían acercaron sus rostros hasta poder sentir ambas respiraciones y se besaron. Luego, miraron al cielo y vieron que la estrella lejana se había acercado lo suficiente al lucero como para cobijarse en él y parecían un solo astro hermoso de luz.
Solo ahí la pequeña comprendió que se había enamorado desde el primer minuto que vio a aquel desconocido.
Ambos se miraron sonriendo y volvieron a besarse.

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